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Una frase muy conocida es “Trata a los demás como deseas ser tratado”. Sin embargo, tal parece que sólo es una frase hecha que forma parte de nuestro vocabulario sin habernos dado el tiempo de reflexionar respecto a ella.
     Exigimos ser tratados con respeto, que se responda con prontitud a nuestras peticiones, que se nos incluya en la lista de prioridades de los demás, que se nos hable con un tono amable, que se nos escuche sin interrupciones y, peor aún, a veces pretendemos que se nos adivine el pensamiento, que se nos responda tal como queremos, sin que sobren ni falten palabras, que se nos considere parte fundamental de la vida de los demás.
     Y si vamos más a fondo, a menudo nos convertimos en reclamadores permanentes, echamos en cara el que otros no hayan actuado de acuerdo con nuestras expectativas, porque no nos han tratado como consideramos debe ser la forma correcta. Y así, nos llenamos de insaciables reclamos del Ego. No aceptamos a los demás tal como son, pero sí exigimos, desde nuestro Yo, que corrijan su conducta para que no tengan problemas con nosotros. Parece que los aceptaremos siempre y cuando piensen, actúen y respondan según nuestras expectativas.
     ¿Cuánto de lo que a otros les exiges corregir como “sus defectos”, son virtudes de tu comportamiento? En una conversación pides guardar silencio mientras que eres tú quien interrumpe. Exiges ser atendido con prontitud, pero no te percatas de que cuando  de ti se trata, son los otros quienes deben esperarte con paciencia. Pides explicaciones de por qué se ha actuado de determinada manera y resulta que tú lo haces peor y con mayor frecuencia. Reclamas el que no se te dé lo que exiges y, a cambio, tú das mucho menos de lo que has exigido “como básico”.
     El egoísmo puede cegarnos al grado de no percatamos de que esta desigualdad entre nuestras exigencias y nuestras aportaciones a los demás, nos lleva a sufrir y a colocarnos en una circunstancia de víctimas, la cual no nos atrevemos a aceptar. Es tanta la falta de humildad, que sólo vemos lo que no nos dan, estamos ciegos ante lo que hacemos y, por ende, privamos a otros de brindarles una atención respetuosa y amable. No respetamos de la misma manera que quisiéramos ser respetados.
     Desde luego no se trata de convertirnos en seres permisivos de ofensas y maltratos, sino más bien de afinar la conciencia para saber cuándo hay una ruptura de acuerdos y cuándo se trata de exigencias de nuestro propio Ego para ser tratados como quisiéramos.
     Una manera de detectar tu postura egocéntrica es, antes de formular preguntas y hacer reclamos reactivos, preguntarte a ti mismo si en verdad tú sí cumples con aquello que esperas, con aquello que deseas reclamar o exigir. Preguntarte si en realidad tienes la “habilidad” de  responder tal como el otro quiere, de la misma forma que tú estás exigiendo respuestas. Observa, no con objeto de poder sentirte con el “derecho” de reclamar, sino porque generalmente quien está más alerta a eso, es el más egoísta aunque opte por no percatarse de ello.
     Durante los próximos días frena tus exigencias y reclamos; transfórmalos en preguntas hacia ti mismo para primero observar cómo suele ser tu conducta. Lleva a tu experiencia personal los casos que te motivan a reclamarle a otros y toma nota de todo cuanto te falta aprender para actuar de la misma forma que esperas ser tratado por los demás.
     Analizarlo, anotarlo y estar alerta a ello te permite, poco a poco, ir estableciendo mejores conductas hacia los demás. Exige menos de lo que exigen los otros, reduce tus expectativas y presta más atención a la mejora de tu conducta.
     Aprende a guardar silencio para reclamar menos y céntrate en lo realmente importante. No te detengas en esas reclamaciones del Ego, las cuales sólo te llevan a reprender o castigar a otros, y que además deterioran tus relaciones sin dejar solución alguna.
     Haz preguntas con proactividad y abre la posibilidad de escuchar las respuestas que te den un parámetro de cuál será la postura de los otros, y toma las mejores decisiones, desde ti mismo,  independientemente de que los otros cumplan o no sus acuerdos. Con base en ello, y en la aceptación de las respuestas que recibas, una vez más toma las que consideres tus mejores opciones y no necesariamente las que desearías. No siempre podemos manejar el exterior para entonces nosotros estar bien. Podemos trabajar en nosotros mismos a fin de estar bien a pesar de los demás y así elegir dónde y cómo actuar de acuerdo con nuestras posibilidades reales.
     ¿Te gusta ser tratado con dignidad, respeto y amor? Te propongo que primero te alertes a tratar a los demás con dignidad, respeto y amor. Eso no garantiza que en respuesta recibirás el mismo trato, pero seguramente, si lo haces desde lo más sano de ti mismo, te permitirá crecer y conservar muchos más estados de paz.
     No menosprecies lo simple que puede parecer esta tarea desde un rasgo más de egocentrismo; abre la posibilidad de trabajarlo y ver sus beneficios.
     Ponlo en práctica, descubre sus beneficios más allá de la teoría.