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     Nos enseñaron que fallar no era bueno y eso hace que una estrategia de los adultos sea ni siquiera intentarlo, ya que si no lo intento seguramente no fallaré. Es como un partido de fútbol; si sólo veo que otros jueguen y yo no pateo el balón, nunca cometeré un error, ni golpearé el marco, ni haré tiros chuecos o débiles ni tampoco meteré un gol, jamás.
     Fallar es una gran oportunidad para aprender; observar y buscar los posibles motivos de mi error me permiten corregir, buscar asesoría de quien sabe, intentarlo de nuevo y poco a poco aprender para hacerlo mejor. Esa frase de que la práctica hace al maestro tiene gran parte de verdad. Y si prestamos atención a esa práctica para aprender de lo que no sale como deseamos, eso nos permite crecer en el área de nuestro constante ejercicio. 
     Grandes oradores, gente exitosa, jugadores de deportes reconocidos, no llegaron a su nivel de excelencia sólo mirando a otros, sino bajando a la cancha a jugar y cometiendo muchos errores, analizando su teoría, sus acciones, propiciando una mejora y aprendiendo para crecer y estar en el nivel en que hoy los podemos ver.
     Arriésgate más, poco a poco, pero hazlo, y en los puntos que no salgan como lo deseas, busca y encuentra las áreas de oportunidad, aprende de ellas y crece. Tienes un gran poder para mejorar en tantos sentidos que lo primero que necesitas es darte la oportunidad de empezar a hacerlo. Lo más valioso es no derrotarte en la falla, sino aprender de ella y crecer.

 


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