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  Diversos estudios exponen  que el mayor porcentaje de las conversaciones que tenemos con nosotros mismos suele ser de carácter negativo. Ya sea en formato de autocrítica,  de negación de alguna posibilidad o talento, de culpa y menosprecio, o de continua comparación.
     Una de las ventajas de no sólo mantener una autoplática sino también desarrollar una autoescucha, es que podemos cuestionar muchas de esas ideas que se nos vienen a la cabeza y de esa forma percatarnos de que no siempre los sucesos tienen que ser así. Pelearnos a solas en la ducha con otro al que supuestamente le expresaríamos cantidad de inconformidades si lo tuviésemos enfrente, pero que en realidad nunca le expresaremos, suele ser una pérdida de tiempo y un despertar de emociones no convenientes.
     Lo primero que propongo para reeducar la autoplática hacia una conversación más positiva consigo mismo es escuchar que existe y detectar que realmente ayuda muy poco. Una vez detectado, preguntarnos si vale la pena quedarnos ahí o, más bien, encaminar nuestro pensamiento hacia lo que sí podremos hacer o decir. Construir, a partir del pensamiento, mejores posibilidades. Abandonar culpas innecesarias que nada resuelven y, a cambio, enfocarnos en las posibles soluciones a partir del momento en que nos encontremos. Hacerte a la idea de que lo mejor de ti es otra persona que no eres tú y pensar qué nos diría esa persona lejos de envenenarnos con pensamientos tóxicos.
     La tarea de mejorar nuestra autoplática no es de un sólo día, es una ardua tarea que debemos poner en acción una y otra vez si resulta que nos hemos habituado a autopláticas inconvenientes. 
     Seguro estoy de que la práctica continua nos llevará a mejorar muchas de nuestras emociones y relaciones, así como nuestra calidad de vida.

 


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